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Tenias que ser tu

Capítulo 23

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Registrada en SAFE CREATIVE Bajo el código: 2011045801413 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS © La noticia del incendio se dispersó por la pequeña ciudad, haciendo teorías de lo que es posiblemente lo había provocado y provocando la furia de Minerva de Saramago que odiaba estar en la boca de los demás. Su hijo, simplemente lo tomó como una cucharada de su propio chocolate después de todo lo que había provocado antes y que ahora recibía su merecido. Las teorías eran varias, que tal vez algún enemigo de los Saramago había hecho la maldad, que Minerva había descuidado la empresa por completo como venganza a su difunto marido o que el padrastro de Fernando no estaba invirtiendo del todo el dinero como se había dicho y por eso tantas deficiencias. De pronto, todo esta habladuría opacó el hecho de que Fernando iba a tener una fiesta de compromiso, la más grande vista en la ciudad, donde todo el mundo estaba invitado, dándole un alivio enorme no sólo a él que se encontraba harto del tema, si no a Paula, porque por fin las personas a su alrededor hablaban de algo que no tenía nada que ver con ella. Por otro lado, Iván había quedado como el héroe de todo el acontecimiento, ya que se había arriesgado a sacar a todas las personas posibles de ese incendio incluyendo al tío de Fernando, por la cuál la familia Saramago se encontraba en deuda con él y tan sólo salió del hospital, le llovieron las cartas de agradecimiento, incluyendo regalos que él jamás pensó que recibiría de los lugareños, probando una vez más que era el más querido de ahí y que si el quisiese podría llegar a ser una persona influyente e importante de la política como tantas veces se lo habían ofrecido. Pero Iván tenía los pies sobre la tierra, si había hecho ese acto tan desinteresado fue porque él lo había querido así, lo que hizo que Paula se sintiera orgullosa de su novio y le comprobaba que Iván era la mejor elección. —Lo único que no me gusta de todo esto es que posiblemente no podremos ir a la fiesta de Fernando—comentó Iván mientras se acomodaba sobre la cama aún con un poco de dolor en el brazo ya que el fuego le había alcanzado levemente. —No importa, está bien, en realidad no estoy segura si quería ir— confesó Paula con ternura mientras le curaba con un poco de ungüento y le vendaba la herida— todo lo que importa es que tú estés bien y que cures, lo demás no tiene mucha importancia—Paula se inclinó hacia el guapo rostro de Iván y le dio un beso sobre los labios — eres un buen hombre— le murmuró. —Tú me haces ser mejor hombre— respondió en tono suave mientras acariciaba su rostro— todo lo que hago, lo hago por ti Paula, porque si hay algo especial en mí eres tú y ahora que has decidido darme una oportunidad te juro que me corazón no deja de latir de gozo. Paula sonrío, jugó con su cabello negro y luego bajo por su mentón — el mío también, mi corazón late de gozo porque estoy contigo. —¿De verdad? — inquiere sorprendido. —Claro que sí, sabes que te quiero, que eres mi mejor amigo, la persona que mejor me conoce y hoy comprobé que no te cambiaría por nada, tienes un gran corazón Iván. —Y late por ti— responde y toma su mano para ponerla sobre su pecho — siempre latirá por ti Paula de la O y lo sabes. —Lo sé— contestó ella y le dio otro beso sobre los labios— me tengo que ir, mañana me toca abrir el almacén y ya se hace tarde, pero te prometo que cuando tenga un tiempo vendré a verte. —Te esperaré ansioso— responde y le regresa el beso. Paula se puso de pie y después de ordenar todo, salió de la habitación de Iván para bajar las escaleras de su habitación y salir de ahí. Se sentía exhausta, había sido un día muy largo para ella entre el trabajo, el incendio y la plática en la oficina con Fernando Saramago que de nuevo le hizo dudar de todo sin embargo, después de la insinuación de Natalia de que habían pasado la noche juntos después de haberle prometido “amor eterno”, le hizo razonar, la mejor opción para todo era Iván, y de eso no habría duda. Ella caminó por las calles de la ciudad lo más rápido que le daban los pies para poder llegar a su casa y evitar que la noche le cogiera de repente, después de lo que le había pasado en la van, Paula temía por su vida y pensó que no podría confiar en nadie por más cercado que estuviera a ella o por mucho que lo conociera. Por fin, llegó a su casa, y al abrir la puerta de madera pudo ver a su padre tirado sobre el suelo, gimiendo como si algo le doliera

—¿Papá? — preguntó. —Paula— se quejó Santiago mientras trataba de levantarse. La joven cerró la puerta, dejó su bolsa sobre el suelo y corrió a ver a su padre, cuando este levantó el rostro, lo vio horriblemente golpeado e inflamado— ¡Papá! —expresó ella asustada—¡¿qué te pasó?! Santiago no pudo responderle sólo se quejaba amargamente. Cuando ella trató de levantarlo su padre gritó del dolor asustándola más, al parecer su padre estaba completamente golpeado y cómo había podido había logrado llegar a su casa. —Paula— murmuró él como pudo. Ella se puso de pie —¡Eugenia!, ¡ayuda! — gritó y después regresó para tratar de levantar a su padre que se quejaba del dolor —¿qué te pasó papá? — preguntó desesperada. —Me golpearon, me golpearon…— repitió pero después ya no pudo pronunciar ni una palabra más. Eugenia apareció por la puerta de la cocina y al ver la escena se asustó —¡Dios mío Santo!, ¿qué pasó mi niña? — le preguntó. —Lo golpearon y no se puede levantar, dile a tu marido que venga a echarnos la mano, ¿dónde está mí tía? — dijo ella ayudando a su padre. —La señora salió desde hace un rato y no ha regresado. —Bueno ve por tu marido— le ordenó y Eugenia se dio la vuelta para volverse a meter por la puerta de la cocina. —Paula, todo fue mi culpa, mi culpa — habló Santiago llorando y tratando de abrir el único ojo con el que podía ver. —¿Qué fue tu culpa papá? — inquirió ella mientras lo veía con una ternura tan grande ya que a pesar de todo ella era su hija y por un lapso de tiempo su padre había sido muy bueno con ella. “Ahhhhh”, se quejó Santiago mientras trataba de moverse para ponerse de pie— lo hice mal, lo arruiné. —No te agites papá, estás muy malo, tendré que llamar al doctor. —¡No! — expresó como pudo — no quiero que nadie me vea así, súbeme a mi habitación. El esposo de Eugenia llegó de pronto y entre él, Eugenia y Paula lograron levantarlo para llevarlo escaleras arriba y luego recostarlo sobre la cama. —Vete a la farmacia por todo lo que necesitamos— le ordenó Paula a Eugenia y sacó de su cartera un poco de dinero — ve si te puedes traer uno analgésicos. —Si Paula— contestó Eugenia y sin titubear salió de ahí dejándola con su padre que yacía quejándose a su lado

—Ya papá, te limpiaré las heridas— le comentó. Paula comenzó a moverse por todo la habitación buscando lo que necesitaba para curar a su padre y cuando lo reunió, se sentó sobre la orilla de la cama y dio pasó a curar las heridas. —¡Ay papá!, ¿Qué fue lo qué pasó? — volvió a preguntar—esto no es resultado de una caída por borrachera. —Me golpearon— confesó por fin. Paula abrió los ojos asombrada— ¿Cómo?, ¿quién? — preguntó. —Me golpearon, los usureros. —¿Los usureros?, ¡¿pero por qué?! — pregunta ella en casi un grito —¿por qué los usureros tendrían que golpearte así? —Porque les debo mucho dinero — dijo— ¡ay Paula!, mucho dinero, más de lo que te puedes imaginar. Ella dejó de limpiarle las heridas y decidió mejor averiguar sobre el asunto, ¿en qué problemas se había metido su padre como para llegar a este punto? —¿Por qué le debes a los usureros?, ¡dímelo papá! — insistió. —No tenía dinero para pagar más, así que empecé a apostar Paula, ¡a apostar! — le confesó— y ahora estoy endeudado con ellos, ni las joyas de tu madre pudieron salvarme. —¡¿Las joyas de mi madre?!—preguntó—¡Se las diste a ellos!—No tenía opción Paula, tenía que pagar o sería peor, pero me he sobre pasado y ahora no tengo como pagarles, por eso, a pesar de que hipotequé la casa no logré cubrir la deuda. Al escuchar esa última frase Paula se levantó de inmediato y se llevó las manos hacia la frente — ¡Hipotecar la casa!, ¿hipotecaste la casa?, ¡pero cómo se te ocurrió!, ¡por qué no me dijiste! — expresó enojada y a gritos. —Porque pensé que podía controlar, que lo lograría, pero me dejaron ganar una vez Paula y luego otra y cuando me di cuenta ya estaba endeudado, no supe que hacer y opté por hipotecarla. —¡Qué no ves que la puedo perder! — gritó ella— ¡qué por tu culpa podemos quedarnos sin ningún lugar para vivir!, está es la casa de mi madre, la que he cuidado desde que tengo dieciséis años porque tu has sido incapaz, y ahora ¡la hipotecas para pagar tus vicios!, ¡sí sabes lo que estás diciendo!—Déjame de reclamarme Paula, ¡ya sé que la cague! —Con saberlo no es suficiente papá, podríamos perder todo, quedarnos en la calle, ¡qué no tiendes! — gritó desesperada. Paula no podía creerlo, estaba a punto de perder su hogar por el que había luchado por tantos años, el que mantenía día a día con su salario y en contra de todas las posibilidades; ahora estaba a punto de perderlo. —Como te atreviste papá— dijo con los ojos brillantes y llenos de furia— cómo te atreviste a hacer eso, tan bajo haz caído como para llegar a este punto. Eres un poco hombre, un bueno para nada, un…— pero ella ya no encontró más palabras para decirle, podía sentir nudos en su estómago, en su garganta que no le permitían decirle en verdad todo lo que pensaba. —Perdóname Paula, sé que es la casa de tu madre, la que te dejó, pero era eso o cosas peores. —¿Cómo que te mataran? — preguntó ella entre lágrimas — pues los hubieras dejado, de todas formas tú ya estás muerto para mí desde hace años atrás— dijo con rabia y luego aventó la toalla hacia la cama — cúrate solo, no tengo ganas de verte— finalizó y luego salió de la habitación